Confidencial 24/09/2025

Francisco es un pequeño empresario del sector vestuario, que tiene una palabra para enfrentar la competencia desigual que le significa el aterrizaje masivo en Nicaragua de la flota de tiendas chinas: innovar. “Hacer otras prendas. Innovar productos que no tengan ellos para mantener mi margen de ganancia, y que no se afecte a mi empresa”, detalla.

El restablecimiento de las relaciones diplomáticas y un tratado de libre comercio con China, propició la llegada de numerosas empresas y la invasión de productos chinos ha tenido impactado a los comerciantes locales, pero hay otro sector que también se resentirá por la presencia de los recién llegados: la pequeña industria. Entre ellos dos dueños de pequeñas unidades de confección, como Francisco, propietario de un taller ubicado en Managua. O como Ulises, dueño de otro taller de costura, que solicitó el anonimato.

Además de dedicarse al mismo rubro de negocios, los dos hombres tienen otras cosas en común. Como haber encontrado un confiable nicho de mercado en las principales ciudades del norte del país. O como haber subestimado inicialmente, el riesgo que los chinos representaban para la continuidad de sus negocios, y el empleo de los diez trabajadores de Francisco, o los seis de Ulises.

Al principio, ninguno de los dos se preocupaba por el desafío que significaba el aumento de las exportaciones chinas a Nicaragua, confiados en un hecho que parecía justificar su tranquilidad: los chinos no traían al país nada que compitiera con las prendas que ellos confeccionaban. Camisetas de varón, pantalones cortos, licra de dama, camisetas deportivas, buzos escolares, hasta unos 25 a 28 ítems, en el caso de Francisco. Sudaderas, licras de niña, licras de dama, uniformes de fútbol y faldas, en el caso de Ulises.PUBLICIDAD

Comerciantes ya tienen productos chinos

Esa confianza se vería alterada el día en que los trabajadores del taller de Francisco elaboraron una blusa ombliguera de dama ajustada al cuerpo, usando un tipo de tela con la que normalmente no trabajan.

Relata que fue “ilusionado a ofrecerla a 45 córdobas por unidad, pero el cliente me la rechazó porque él estaba vendiendo un producto chino similar, a 46 córdobas al por mayor. Yo le expliqué que no había comparación, porque el producto que le habían vendido ni siquiera estaba hecho de tela, al punto que no llevaba costuras. Ese tipo de prendas ya no sirve en un mes, o después de dos lavadas, lo más”.

Nada de eso sirvió para convencer al comerciante, que solo estaba midiendo porcentajes de ganancia, así que comenzó a hablarle en ese mismo idioma. “Lo que tuve que hacer fue darla más barata para poder venderla, y decidí no volver a confeccionarla, porque si la vendo al precio que ofrecen los chinos, no me va a resultar el negocio”, reflexionó.

Ulises no ha vivido una experiencia como esa. No, todavía. Con todo, percibe que la amenaza china le llegará no tanto por la vía de que le rechacen sus productos, sino por otra igualmente devastadora para su cuenta de resultados: que dejen de comprarlos. Aunque las tiendas chinas no vendan las mismas prendas que él produce, sabe que, si alguien va a comprar ropa, y en vez de comprar una de las sudaderas que él elabora, compra una camisa Made in China, ya no comprará la sudadera.

“Eso me afectaría realmente, y no solo a mí, sino que también a cualquier otro fabricante a nivel nacional. Algo te sé decir, y eso es lógico, lógico: brinque quien brinque, aquí no hay nada qué hacer, porque el Gobierno los dejó entrar”.

No le temen a la competencia

Como hombres de negocios, tanto Francisco como Ulises conocen los riesgos —y las ventajas— de la competencia. Los conocen porque los enfrentan desde mucho tiempo antes de que llegaran los chinos. Son sus vecinos y compatriotas.

En el caso de Ulises, él recuerda que su taller producía menos tipos de prendas, pero vendía más unidades. Hasta hace poco, su principal preocupación era la competencia interna, porque “como muchas personas están convencidas de que tener un taller es rentable, es lógico que cualquiera que junta un poco de dinero, lo primero que hace es comprar máquinas y montar un taller. Los mismos nicas nos perjudicamos entre nosotros, porque yo doy un producto a determinado precio, pero el que instala un nuevo taller, como necesita vender, ofrece precios más bajos”, reflexionó.

Ahora, a esa competencia interna se ha sumado la recién llegada desde el otro lado del planeta. Francisco reseña que al inicio, no se preocupaba mucho por el surgimiento de tantos negocios chinos. Ahora, ve que “la gente que traía su dinerito para comprarle a los comerciantes que venden al por mayor, se van para donde los chinos, porque saben que ahí hay ropa interior super barata, y ropa de niño super barata también, y eso nos afecta”.

Dado que no pueden hacer nada —porque, como dice Ulises el Gobierno dejó entrar a los chinos— Francisco esgrime una forma en que la presencia oriental podría ser beneficiosa para ambos países. “Ellos no deberían venir solo a introducir sus productos de mala calidad”, sino a producir localmente. “Deberían venir”, insiste, “pero no a volvernos consumidores, sino a invertir en mano de obra para manufacturar cosas en Nicaragua: cosas plásticas, cosas metálicas, todo lo que ellos hacen, para venderlos a otros países, o aquí mismo, en Nicaragua. Para que la gente tenga poder adquisitivo, al recibir un salario, y que con eso puedan comprarles a ellos mismos”.

Ulises lo ve de otra forma. Para él, lo determinante es el hecho que “el dinero que ellos reciben producto de sus ventas, va directo para China. Es distinto cuando un nicaragüense le compra a otro nicaragüense, porque en ese caso, el dinero se queda dando vueltas en el país”. Pone como ejemplo, que él le compra a los que venden telas o elástico. “Nuestro dinero hace producir, pero el dinero que ellos mandan para China, ya no regresa. Y si regresa, es hecho producto”.